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Pánico auditivo

De: Lic. José Antonio De Córdova

 

Era temprano en la mañana.

No tan temprano como habría querido, pero por lo menos la cosa no pasaría del mediodía.

Es que el lío en la oficina me fuerza a ocuparme de mi boca el menor tiempo posible.

A alguna computadora siempre se le ocurre estallar repentinamente sin la gentileza de informarnos con anterioridad; o algún cliente llama iracundo a primera hora (y esa sí es primera hora) preguntando por qué &%"# no pueden acceder a su página en Internet o quién fue el &%$@# que puso esa barbaridad en la página; o la encantadora editoria de Internet World Venezuela nos llama con su tono simpático pero angustiado preguntando cuándo vamos a terminar el artículo para el próximo número de la revista.

Así que cuando por fin llego, siempre hay algunas caras acusadoras que sonríen a medias, reprochándome tras sus máscaras de cordialidad corporativa esa licencia médica súbita que me tomo cada viernes desde hace unos meses. Pero no hay más remedio.

Mi sueño dorado de concertar mis citas dentales los sábados se esfumó repentinamente después del primero, una vez que mi joven doctora decidió que mi simpatía no ameritaba tal sacrificio.

Es comprensible.

Yo también odio trabajar los fines de semana.

Sin embargo, toda esta situación laboral no puede menos que crear en mí un sentimiento palpitante de angustia sorda cada vez que me siento en el sillón de mi odontóloga.

Innumerables pensamientos cruzan por mi mente, que van desde el programa que dejé a mitad de código la noche anterior hasta la culpa inevitable de este egoísmo sanitario que me permito semana a semana.

Ya no se trata del miedo legendario al sillón mismo.

Ese lo superé después de que mi odontólogo de cuando niño me miró con cara de mercenario que no ha cobrado cuando medio se me ocurrió quejarme en una de aquellas lejanas tardes de mi infancia.

Tampoco es ese desasosiego omnipresente y todopoderoso que experimenté alguna vez con el sonido de la turbinita (un Nóbel habrá que darle ipso facto al señor que invente un silenciador para el aparatico).

No. Es la angustia de pensar en todo lo que tenemos que hacer y que no estamos haciendo por estár allí acostados.

Y no es difícil darse cuenta de que precisamente en ese momento es cuando más tiempo tenemos para pensar.

Allí, recostados, viendo el cuadrito obligado que muestra los dientes del niño y del adulto, o el otro que intenta explicar la forma adecuada de cepillarse los dientes, nuestro cerebro no encuentra demasiados estímulos externos y se concentra entonces en estas introspecciones angustiantes.

Entonces llega mi odontóloga.

Es una hermosa joven que demuestra tener un firme conocimiento de su trabajo.

Sumamente amable, ha tenido la paciencia para tratar de recuperar mi boca del estado lamentable en que la habían sumido años de descuido de mi parte.

Ya hemos caminado bastante en este tratamiento, desde aquel día ya lejano cuando me realizó mi primer estudio radiológico.

De allí pasé a una endodoncista, a un cirujano dental, y de vuelta a sus manos, una vez realizados todos los preparativos necesarios. Acostumbrada a tratar pacientes infantiles, lo primero que dice después del saludo de rigor es:

-Abre la boquita... abre gigante...

Abro la boquita lo más grande que puedo, mientras mi cerebro, ahora pendiente de este nuevo y único estímulo externo que es la voz de la joven odontóloga, se entretiene en averiguar cuándo fue la última vez que una mujer se refirió a mi inmensa y chueca boca como boquita.

No consigo averiguarlo, así que vuelvo de momento mentalmente a la oficina y trato de recordar si dejé encendido el disco duro externo de uno de los computadores.

Tampoco consigo recordarlo.

De nuevo al cuadrito de los dientes.

El cerebro pregunta, ¿y para qué &%$#@ le saldrán a uno los dientes dos veces?

El período de exploración se ha hecho más largo de lo habitual.

Por fin, la doctora me pone en la boca el antipatiquísimo tubito de plástico que succiona cuanto fluido tenga la desventura de acercarse a su extremo.

Es insoportable el surpl-srrr-srrlrlr-surrrl-lllrluulll que no deja de producir.

Hace varias citas que la doctora y yo agotamos los temas de conversación que fueron saliendo, por lo que ya no hay mucho que comentar en esos pequeños lapsos en los cuales puedo rebelarme ante el tubito y sacarlo de la boca.

Sin embargo, la doctora siempre encuentra una pregunta interesantísima sobre nuestro caso, la cual nos sentimos compelidos a responder urgentemente, justo cuando no sólo tenemos dentro de la boca el tubito, sino el espejo y probablemente la turbinita.

Nuestros modales quedan en entredicho, porque salvo un hmm-nnu-jaje-jemjo no podemos realmente contestar.

La turbinita aún no ha arrancado la primera vez. Sin embargo, he podido notar que ella la ha introducido varias veces en la boca, como probando, como midiendo.

Y llega, por fin, la revelación:

-Está difícil el acceso-, reconoce la doctora.

-Vamos a comenzar con esta de acá abajo y después vamos con las otras.

Y en efecto. Comenzamos (para usar el mismo plural mayestático que usa mi encantadora doctora) con esa de abajo.

De esa salimos rapidito, sin ni siquiera requerir de anestesia.

Allí la cosa era de librito, parece.

-Si sientes algo me avisas para ponerte anestesia-, dice ella.

¿Y cómo hago para decirle, con este corotero en la boca, que si se refiere a sentir dolor, o simplemente a sentir el taladro en su proceso de penetración; porque, si se trata de lo segundo, hace rato que siento la amenaza de la punta del taladro pronosticando un dolor de película, pero que hasta el momento, realmente no me duele?

-Hmmm-, respondo.

Volvemos a la muela de arriba.

Un 7, según recuerdo. Incluso me atrevería a apostar que la nomenclatura correcta es 7 SD, lo cual, deduzco humildemente, es superior derecho.

De nuevo las medidas con el espejo y el taladro.

Parece que no cabe, a juzgar por los esfuerzos inútiles que hace ella por lograr una posición satisfactoria.

El cerebro ha encontrado, por fin, suficiente estímulo externo para entretenerse.

Desvío un poco la mirada hacia mi derecha, intentando leer el rostro de la joven odontóloga.

Mis años como periodista me han proporcionado una buena capacidad para leer entre líneas.

O entre ojos, mejor.

Pero se encuentra con un problema nuevo: el hermoso rostro de la joven está cubierto en su parte inferior por el tapaboca de rigor, y en su parte superior por la máscara de soldador que desde hace algún tiempo los odontólogos han comenzado -muy sabiamente- a usar.

Sin embargo, perseverante y reacio a renunciar, logra leer algo de confusión en los ojos de la doctora.

Es en ese momento cuando ella comienza a pensar en voz alta. No es que fuese la primera vez que lo hacía. De ninguna manera.

Se trata sólo de que, en las veces anteriores, el monólogo siempre llevaba consigo ese sentimiento de seguridad, de aplomo, de camino recorrido, que le impartía a uno esa reconfortante sensación de seguridad y confianza en esa maravillosa persona que nos estaba ayudando a tener nuevamente linda la boca.

Pero ahora no.

En algún punto, el monólogo se convirtió en monólogo dirigido.

Dirigido a mí, claro.

Comenzó a explicarme que la caries que teníamos que reparar se encontraba en el lado más vestibular del 7, y que el acceso allí era sumamente difícil, a pesar de la operación de demolición de encías que el cirujano me había realizado para, precisamente, permitir el acceso a ella.

-Vamos a necesitar un ayudante-, declaró.

En ese momento, por algún sortilegio de la mente, la imagen de mi odontólogo se materializó de la nada.

Mi odontólogo de confianza.

Lo vi clarito.

Al cerrar los ojos podía reconstruirlo con su traje azul, sus calzoncillos rojos por fuera y su capa enorme con la S de Superodontólogo.

Allí estaba él, firme, pletórico de confianza en sí mismo, capaz de taponarle las caries a cuanto 7 SD malandro se le pusiera por delante.

Me miraba con tranquilidad, como esperando que lo invocara para terminar de materializarse, como si se tratase del teletransportador de Star Trek. Pero no lo invoqué.

Y no lo hice porque, justo al lado de la imagen de mi odontólogo de siempre se abrió otra puerta en mi mente.

Esta me llevó a los lejanos días de 1989, cuando recién me graduaba de la Escuela de Comunicación Social y tenía mi primer empleo.

Me vi a mí mismo sentadito en una silla incómoda, en la gran oficina del señor Ejecutivo Importante, presidente de Empresa de Mucha Plata, C.A., con el único flux que tenía para ese momento, y más o menos con la misma cara que tendría un pollo cojo viendo el águila que se le viene encima.

Pude oírme balbuceando una pregunta imbécil, cuya respuesta conocía, sólo por los nervios de saberme en desventaja con mi interlocutor.

Recordé las caras de sobrado de mi entrevistado y esa expresión de caimán recién comido en su rostro.

Recordé también el zaperoco descomunal que tuve que sortear en la oficina, cuando mi jefe de redacción leyó aquel mamarracho de artículo.

Y lo peor de todo es que yo sabía de aquella materia.

Conocía el asunto del que estaba hablando.

Pero el terror a lo desconocido, ese miedo a enfrentarnos a algo por primera vez, casi me paralizó.

Todos tenemos que comenzar, pensé, y me despedí cariñosamente de la imagen de mi odontólogo.

Ella salió un momento y aproveché la oportunidad para sacarme el tubito de la boca y hacer aerobics maxilares antes de lo que presentía sería una dura experiencia.

A su regreso, venía acompañada por otro doctor. También muy joven. Se sentaron a ambos lados del sillón, por lo que me sentí rodeado y sin posibilidad alguna de escapar.

-Abre la boca gigante...

Sólo que esta vez, el cerebro tenía otras cosas de qué ocuparse, así que no perdió tiempo en recordar a la última mujer que me había dicho tu boquita.

El control de la maniobra pasaba alternativamente de unas manos a otras.

El doctor nuevo tomó un segundo espejito y comenzó a distender mis labios para permitirle a la doctora una visión apropiada del sitio de la lesión.

El problema, ahora lo sabía, era que se hacía difícil poder maniobrar la turbina y ver el sitio de trabajo al mismo tiempo, porque el espacio era muy pequeño.

Y entonces, sin previo aviso, vino la pregunta:

-¿Qué hacemos?

El efecto fue devastador.

Ese par de palabras abrió todo un universo en mi mente.

Imágenes de una boca destrozada cruzaban danzando por mi lóbulo parietal y se dirigían en loco arremolineamiento hacia el frontal.

Desde el cuadrante occipital se precipitaron dientes partidos a la mitad que nadaban en un mar de sangre y astillas óseas.

El bulbo raquídeo comenzó a ordenar lo único que sabía: huir o pelear.

El nivel de adrenalina en sangre subió súbitamente hasta colocar mi ritmo cardíaco en niveles preocupantes.

-No sé,- respondió el doctor, en ese tono tan nuestro de menos-mal-que-esto-no-es-asunto-mío.

De aquí en adelante, por no recordar la terminología exacta, sólo puedo transcribir la traducción que mi cerebro hizo de la discusión del caso que, a viva voz y delante de mis super-receptivos oídos, entablaron los dos jóvenes doctores:

-Bueno, puedes tratar de perforar un canal para que te calce el pico del taladro y vas abriendo desde allí hasta llegar a la caries, a ver si puedes llegarle bien con el espejo y el perolero éste.

-Si no, lo único que se me ocurre es destrozar la mitad superior derecha de la mandíbula y arrancarle medio hueso hasta que quede el diente afuera y pueda arreglarlo. Total, creo que ahí va una corona.

Por supuesto, la conversación no fue ni siquiera parecida a ésta.

Pero eso era lo que mi cerebro iba traduciendo de lo que ellos hablaban.

¿Una corona?, pensé.

¿Y cuándo me hablaron de coronas?

¿Y si la doctora está equivocada y a mí no me sale corona?

¿Y si el de la corona era otro señor y no yo y me quedo con media mandíbula menos?.

Y ahora sí. La imagen de Superodontólogo se hizo casi sólida.

Ya podía ver las onditas que el viento producía en su capa.

Comencé a pensar en cómo decirle a la doctora, de manera elegante y sin faltar el respeto a su condición de profesional competente, que prefería que consultase con mi odontólogo de cabecera, o que por lo menos llamase a mi mamá.

Recordé a mi gran amor, quien es también una joven odontóloga, y me pregunté por qué no estaba sentado en su sillón.

Allí estaría sufriendo de los mismos temores, pero el amor... ¡ah, el amor! me haría sentir que todo era un paraíso.

Estaría allí sumergido en sus maravillosos ojos y en esa sonrisa deliciosa que tiene siempre en el rostro.

Pero el asunto es que no estaba allá, sino aquí. Así la idea de escapar se hacía cada vez más imperante.

Entonces, casi milagrosamente, llegó mi oportunidad:

-Esto va a demorar un poquito,- dijo ella.

-Estoy corto de tiempo, doctora. Será mejor dejarlo para otro día.

Y escapé glamorosamente del lugar. Intacto.

Quiero aclarar que de ninguna manera mantengo dudas sobre la capacidad y el profesionalismo de mi doctora.

Es más: la experiencia con ella ha logrado borrar mis más oscuros recuerdos y prejuicios en contra de los odontólogos, forjados en mi más tierna infancia.

El tratamiento, a pesar de ser complejo y largo, jamás me ha producido dolor alguno y he notado una inmensa mejoría en mi condición bucal.

Es, en resumen, una excelente odontóloga, y la recomendaría a quien fuese.

Pero, lamentablemente, el título de Odontólogo no incluye el dominio sobre uno de los procesos más misteriosos y complejos del ser humano: la comunicación.

Actualmente, la mayoría de la personas dominan, por experiencia directa o indirecta, la terminología que alguna vez fue de dominio exclusivo de los profesionales de la medicina.

La gente se cuenta sus enfermedades, sus operaciones y hasta sus tratamientos, con lo que el inconsciente colectivo de Jung se va llenando de información médica.

Y, por deducción, los términos que no conoce los fabrica.

Es así que la discusión del caso de un paciente, sobre todo durante la toma de decisiones acerca del procedimiento a seguir o de las dificultades que pueden presentarse, debe ser realizado en privado.

La manifestación abierta de las dudas, perfectamente normales y entendibles, o incluso el proceso mismo de toma de decisiones puede producir (lo juro) una enorme incertidumbre en el paciente.

Mi humilde recomendación: salgan del cuarto un momento, discutan el caso en otro lugar, y luego, con cara de sabérselas todas, infórmenle al paciente de su condición y tratamientos.

La parte de con cara de sabérselas todas es, quizá, la más importante.

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