De: Dr. Armando Oreadi, Dds. Dott. Prof.
Con la aparición del SIDA, nosotros, los odontólogos, nos hemos enfrentado a una situación bastante compleja y seria, no solamente por el riesgo que representa para nosotros en cuanto a contagio se refiere, sino también porque, como profesionales de la salud que somos, no podemos rehusarnos a tratar aquellos que padecen esta terrible enfermedad.
Ya pasan de los 16 millones los que están infectados con el H.I.V. y van en aumento ya que se calcula que, diariamente, aparecen 6000 nuevos casos.
Ahora bién, como odontólogos, es nuestra obligación la de atender cualquier paciente y lo podemos hacer muy fácilmente si tomamos las medidas necesarias.
El dilema radica en lo siguiente: LA IGNORANCIA , LA DUDA Y EL TEMOR.
¿Qué diferencia existe entre saber que el paciente que estamos atendiendo tiene Gripe o padece Bronconeumonía o Hepatitis o Gonorrea o Sífilis o Sida...?
La respuesta es :"NINGUNA ". Porque siempre debemos trabajar bajo un mismo principio: prevención, asepsia e higiene.
¿Cómo sabemos que nuestro paciente es una persona sana o enferma?
¿acaso, de saberlo, utilizaríamos guantes con los enfermos y nuestras manos desprotegidas con aquellos que no lo son?
¿acaso es suficiente un cuestionario médico para darnos la suficiente tranquilidad y seguridad?
¡No!, esa tranquilidad y seguridad nos la da nuestra consciencia, nuestra educación, nuestros conocimientos... el peor enemigo es el que no se conoce y nosotros estamos en capacidad (y es nuestro deber) de tomar todas las medidas de seguridad porque sí conocemos nuestros enemigos, todas esas enfermedades infecto-contagiosas a las que estamos diariamente expuestos.
Mucho antes de la aparición del SIDA nos protegíamos (porque le temíamos) de la Hepatitis.
¿Qué ha cambiado? Nada.
Conocemos las enfermedades, sus vías de contagio, y sabemos como protegernos, no solamente a nosotros, sino también a nuestros pacientes.
Las medidas de esterilización, de asepsia, de limpieza, de higiene cuidadosa lo garantizan.
Ya la sociedad discrimina de tal forma estos enfermos que los excluyen de sus lugares de trabajo y, en algunas ocasiones, hasta de sus familiares.
Nosotros no podemos ní debemos hacer lo mismo.
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